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Opinión: “En un momento sereno, o cuando ya no se puede más”. Sobre la renuncia de Benedicto XVI (Juan Bytton SJ)

Poco a poco nos vamos recuperando del shock emotivo, mediático e histórico que la renuncia de Benedicto XVI al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, ha significado. Ha sido impresionante la repercusión de esta noticia a todos los niveles. Creyentes y no creyentes, propios y extraños, gente del mundo eclesial y no. Todos y todas en esta ciudad hablan del tema y las especulaciones sobre el futuro no faltan en cada encuentro.

La dimisión de Benedicto XVI es un hecho sin precedentes. Los anteriores casos, ya bastante comentados, han ocurrido en circunstancias muy diferentes (en comparación, por ejemplo, a aquella de Celestino V, que llegó a ser Papa sin quererlo, y que se fue abrumado por una crisis aún más aguda). Por ello, se recuerda con especial interés la visita de Benedicto XVI a la tumba de este Santo en abril del 2009 (1).

Pero, ¿cuáles han sido los motivos de su renuncia? Reflexiono sobre dos realidades, tomadas de las palabras del Papa al momento de su famoso anuncio. La primera es, sin duda, su “ingravescente aetate”. La salud y las fuerzas físicas han sido un factor determinante para esta decisión. En su última presentación pública a los seminaristas del Seminario Romano, su andar y expresión no dejaban dudas de una salud cada vez más frágil. Allí, sus palabras, sin adelantar eventos, nos dan luces para futuras reflexiones: “Pedro habla…, habla como un hombre de la Iglesia, ciertamente como una persona, con su responsabilidad personal, pero también como una persona que habla en nombre de la Iglesia” (2). Es decir, las palabras y acciones de Pedro repercuten y son lecciones para la Iglesia de ayer y de hoy.

En segundo lugar, las palabras más sinceras del discurso. Benedicto deja el mando de la barca de Pedro por falta de “vigor corporis et animae necessarius”. ¿Qué factores han podido causar este desánimo? Si hacemos un recorrido por sus ocho años de pontificado, nos damos cuenta de que no son pocos los golpes y contragolpes que la Iglesia y el Vaticano han recibido y que han minado seriamente los ánimos del Papa (3), aclarando aún más su consciencia (palabra repetida tres veces en el discurso) de estar frente a una crisis que avanza a ritmos acelerados, y cuyo análisis sensato deberá ser el primerísimo punto de la agenda del siguiente Papa. Reanimar y reanimarse significan cambios desde dentro y cercanía a la realidad del mundo, lo que va más allá de aquello que el Papa ahora puede hacer.

A veces, la decisión de un hombre resulta para la Iglesia un hecho histórico. Después de muchos años nos encontramos nuevamente ante la caída de “un imposible que esto ocurra”; como fue alguna vez convocar un Concilio. Su renuncia comienza a mover de inmediato todos los mecanismos vaticanos para un nuevo cónclave. Sin embargo, será un cónclave sin funerales de Papa precedente, sin lágrimas recién derramadas. Algunos se animan a decir que fueron aquellas del funeral del Cardenal Martini las que la Iglesia lloró. Ahora, nos preparamos para un nuevo Papa. ¿Quién será? ¿De dónde vendrá? Creo que entrar en una discusión de este tipo en este momento no tiene sentido. El quién, lo debe determinar el cómo. De dónde no es más importante que el cómo mirar y escuchar al mundo y dirigir la Iglesia hacia ese encuentro (4).

Pero si entramos brevemente al ámbito de la especulación, es evidente que en el Vaticano, como vera istitución humana, se dará una lucha entre curia italiana y resto del mundo. Así lo presagiaban también dos acontecimientos que el Papa renunciante impulsó personalmente: el nombramiento en noviembre último de seis cardenales, todos no europeos (y alguno de ellos de rito no latino); y la designación de su secretario como Prefecto de la Casa Pontificia, aquel que se encarga de organizar las actividades del Papa dentro del Vaticano. Por otro lado, ya el mismo Benedicto XVI preparaba los ánimos de sus cercanos ante una posible renuncia, en la entrevista a Peter Seewald denominada “Luz del mundo”: “Esa es mi concepción. Se puede renunciar en un momento sereno, o cuando ya no se puede más”. Siendo así las cosas, en el futuro próximo del gobierno de la Iglesia de Roma, las preguntas superan las respuestas.

Sin embargo, hablamos de una sola Iglesia, la de Cristo guiada por el Espíritu. Entonces, nos queda mirar el futuro con la misma serenidad con que Benedicto leyó su discurso. Si su tiempo del “ya no puedo más” llegó, que nuestro tiempo como cristianos sea “momento sereno” de dejar actuar al Espíritu. Es tiempo del Espíritu y, efectivamente, nos encontramos en un verdadero “Año de la Fe”. Esperábamos una nueva Encíclica, pero creo que el ejemplo vivo de la decisión y libertad interior de Ratzinger, son palabras más claras de la fe de un hombre de Dios. Gracias sean dadas al Papa teólogo, que con un gesto de responsabilidad y respeto pone día y hora al final de su gobierno pastoral. Gracias a Benedicto XVI por su sinceridad, coherencia y humildad. Dejar el poder para volver al servicio desde la reflexión teológica. Un hecho para reflexionar profundamente, en un presente donde poder y servicio se desencuentran, coherencia y anuncio ya no se miran.

El 11 de febrero del 2013 fue un día de lluvia y cielo oscuro en Roma y hasta un rayo cayó sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro. Signos de la naturaleza, muy ligados a aquellos de los hombres. El tiempo es de Dios, el futuro es de Dios. El ejemplo de este pastor de la Iglesia particular y Universal, de Roma y del mundo, es un nuevo “signo de los tiempos”. Ponemos nuestra absoluta confianza y esperanza en el único Sumo Pastor que sabrá guiar, con nuevos hombres y mujeres, la Iglesia, pueblo que camina, en su diario vivir y en cada lugar del mundo, hacia un mismo destino en Él.

Juan Bytton, SJ

(1) Visita y oración del Papa a la Tumba de Celestino V (abril, 2009)

(2) Lectio Divina del Papa al Seminario Romano. Viernes, 8 de febrero 2013

(3) Video con una síntesis de las principales polémicas que golpearon la era Ratzinger

(4) Aconsejo al respecto la lectura del artículo de Juan Arias en diario El Pais

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