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¿Qué hace Católica a una Universidad?



Por Ricardo Antoncich SJ

Doctor en Teología
Artículo publicado en La República (13-09-11)

Se discute en estos días el problema de la Universidad Católica. Como antiguo alumno y profesor deseo expresar algunas reflexiones.

Siguiendo el Evangelio, lo que hace “católica” una universidad es ante todo que sea “cristiana”. Tal afirmación parece banal pero es profunda. La Iglesia no puede ser comprendida sin su relación permanente con Jesucristo, así como una esposa y un esposo solo se comprenden en la unidad de un solo amor. Por eso podemos afirmar que “lo católico” no puede contradecir “lo cristiano”, es decir, el seguimiento de la doctrina de Jesús y de los valores que nos enseña, tal como se encuentran en los Evangelios.

Mucho de lo que llamamos “católico” viene de la autoridad de la Iglesia expresada en forma normativa en el Derecho Canónico. Pero debemos interpretar el derecho siempre a la luz del Evangelio y no al revés. Jesús no nos dejó sino un solo mandamiento, el del amor. La ley del amor equilibra siempre lo normativo de la ley y lo espontáneo de una libertad que se expresa en lo que ama. La ley sin amor no es el mandato de Jesús, como tampoco lo es el amor sin la referencia al modo de amar de Dios.

El debate sobre la Universidad Católica es una ocasión para pensar el conflicto en forma “cristiana”. Los Evangelios no se inician por un acto formal y jurídico de otorgar la autoridad a los apóstoles, sino por la convocación de amigos para una vida fraterna de discípulos que serán enviados a anunciar el mensaje del Reino. Hay una realidad comunitaria entre Jesús y discípulos anterior al establecimiento de la jerarquía institucional Y cuando esta función de autoridad comienza a aparecer, hay un mandato expreso de Jesús para ejercitar el poder que los apóstoles reciben en función de la comunidad, poder distinto del poder de las instituciones de este mundo. Lo institucional de la Iglesia debe ser vivido bajo la obediencia a la acción del Espíritu. Es institución “para” y “con” el Espíritu y no simplemente institución.

La precedencia de la realidad comunitaria sobre la institucional es recordada en el Documento de Aparecida al hablar de la Iglesia como “discípulos y misioneros”. Se equilibra así la falsa imagen de Iglesia que la identifica exclusivamente con sus autoridades jerárquicas. Todos los bautizados somos Iglesia y los que en ella tienen autoridad deben ser servidores conforme el modelo del propio Señor Jesús.

De allí que la identidad católica de la universidad no puede ser vista exclusivamente desde las normas canónicas del régimen de sus autoridades, sino principalmente desde los frutos de la vida de la comunidad universitaria. Y en este sentido hemos de recordar toda su tradición.

La Universidad se inicia mucho antes del Concilio Vaticano II, dentro de los marcos conceptuales de aquella época. Para juzgar su fidelidad a la fe cristiana hemos de hacerlo tal como aparece en nuestros días, con fidelidad a la historia viva de nuestra fe bajo la acción del Espíritu.

La V Conferencia Episcopal en Aparecida considera a la Iglesia como una comunidad de discípulos-misioneros que escuchan el evangelio y lo llevan a sus ambientes de vida. La Iglesia no se reduce a su aspecto institucional, —también necesario, como en toda institución humana— porque sabe que la garantía de su fidelidad al Evangelio depende sobre todo de la acción del Espíritu Santo. La garantía de fe cristiana de una universidad no depende exclusivamente del nombramiento de su Rector. Esta perspectiva es poco feliz para garantizar la fidelidad al Evangelio de Jesús por los controles jurídicos de las autoridades. Si por iglesia entendemos ante todo la comunidad de personas que viven su fe, fieles al mensaje y obra de Jesucristo, entonces hay que examinar las vivencias de la comunidad universitaria, la relación entre docentes y alumnos, egresados y actuales estudiantes. Se trata de una fidelidad viva y no meramente jurídica.

Los frutos de una universidad se manifiestan en la presencia de sus egresados en la vida de la nación; en el bien realizado por sus abogados, ingenieros, educadores, filósofos, sociólogos, artistas. Con una amplia visión de la Iglesia, tal como lo enseña el Vaticano II, su acción está en asumir las alegrías y tristezas de la humanidad haciéndolas propias. No cabe duda de que el Perú real ha sido siempre el eje de las preocupaciones universitarias. Y que esta fidelidad a nuestros problemas y a nuestra historia ha inspirado el actuar de la Universidad, sobre todo desde el Concilio Vaticano II, y de las Conferencias Episcopales desde Medellín hasta Aparecida. En efecto, es la fidelidad a estos momentos luminosos de nuestra fe la que ha marcado el pensamiento de la Universidad. Acogió con entusiasmo el Documento de Medellín, de Puebla, de Santo Domingo y el reciente de Aparecida. En la Universidad se han estudiado estos documentos y se ha tratado de ponerlos en práctica.

El lema mismo de la Universidad, la luz que brilla en las tinieblas nos remite al profeta Isaías que dice “Si apartas de ti todo yugo […], repartes a los hambrientos tu pan… resplandecerá en las tinieblas tu luz (Is.58, 9-10). Y más arriba: “¿No será partir al hambriento tu pan y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo lo cubras y de tu semejante no te apartes? Entonces brillará tu luz como la aurora (id. 7-8). No olvidemos que Jesús remite a estos textos al explicar su misión en la sinagoga de Nazaret (Lc, 4,, 16-22). Una universidad será tanto más “católica” cuanto más fiel sea a la predilección de Jesús por los excluidos de este mundo.

Una universidad católica tiene que ser un espacio de encuentro entre la razón y la fe. Constatamos en el mundo un alejamiento cada vez más creciente entre la ciencia y la fe. Entender la fidelidad a la fe en forma cerrada a todo diálogo, aferrada a sus principios y valores como si fueran un tesoro privado y no un bien para compartir con el mundo entero, no ha sido una característica de la universidad a la que se achaca, por el contrario, el ser “demasiado abierta”. Esta apertura se ha manifestado por el esfuerzo de hacer asequible la educación universitaria a estudiantes de pocos recursos; a abrir espacios para la docencia a personas competentes con valores humanos de rectitud y amor a la verdad sin discriminar sus convicciones religiosas; en la atención pastoral a los estudiantes con espíritu ecuménico. Es característica de los tiempos actuales la vocación ecuménica y de diálogo entre la razón y la fe, del diálogo interreligioso y con todas las personas de buena voluntad. La Universidad ha sido espacio de libertad para ese diálogo fuera y dentro de ella misma. Esto es posible por el clima de respeto mutuo de los que dialogan, la confianza en la buena voluntad y la búsqueda de la verdad.

El conflicto puede ser vivido de otra manera si quienes representan a la Universidad y al Arzobispado de Lima buscan la pacífica solución de los problemas. En este sentido la advertencia del Episcopado en su conjunto nos recuerda el respeto debido a la autoridad eclesiástica pero no nos obliga a considerar como acertados los actos jurídicos de dicha autoridad que no son ejercicio de su magisterio sino cuestión sometida al juicio de un tribunal civil. Lo que está en debate es un juicio civil sobre la voluntad del donante, conforme al derecho de la nación peruana y ante el cual las personas son libres, según su conciencia, de opinar qué lado de los contendientes tiene argumentos más sólidos. No hay por tanto ofensa a la autoridad eclesiástica por tener la opinión contraria, y mucho menos voluntad de dividir a la Iglesia.

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